Las virtudes cristianas (XXX): La continencia, un corazón indiviso para Dios.

Las virtudes cristianas (XXX): La continencia, un corazón indiviso para Dios.

Hay palabras cristianas que necesitan ser explicadas antes de poder ser amadas.

Continencia es una de ellas.

A nuestros oídos puede sonar a represión, a privación, a una vida construida sobre prohibiciones. Incluso podemos confundirla fácilmente con la templanza, de la que ya hablamos al recorrer las virtudes cardinales.

Pero no son exactamente lo mismo.

La templanza ordena nuestros apetitos y placeres para que permanezcan sometidos a la razón y abiertos al verdadero bien. Tiene un campo muy amplio: la comida, la bebida, el descanso, los placeres, los deseos.

La continencia, tal como la encontramos entre los frutos del Espíritu Santo, nos conduce a un terreno más íntimo.

Nos habla de la libertad ante la fuerza de la concupiscencia, particularmente en la dimensión sexual de la persona.

Y, llevada a su expresión más alta en una vocación concreta, nos conduce a aquella misteriosa palabra de Cristo:

«Hay quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos. El que pueda entender, que entienda» (Mt 19,12).

Hay hombres y mujeres que descubren que Dios les pide algo que el mundo difícilmente puede comprender:

reservar enteramente para Él esa dimensión de su capacidad de entrega.

No porque el amor humano sea malo.

Precisamente porque es tan grande que puede ofrecerse.

1. Dios creó el cuerpo.

Antes de hablar de continencia tenemos que afirmar algo fundamental.

El cristianismo no desprecia el cuerpo.

Dios lo creó.

Y vio que era bueno.

El Hijo de Dios asumió verdaderamente nuestra carne.

Jesús tuvo un cuerpo humano.

Conoció el cansancio, el hambre, la sed, el dolor.

Y después de morir no abandonó su cuerpo en el sepulcro.

Resucitó corporalmente.

Por eso cualquier forma de espiritualidad que considere el cuerpo como algo sucio o indigno no es verdaderamente cristiana.

Nuestro cuerpo forma parte de nosotros.

No tenemos simplemente un cuerpo.

Somos también cuerpo.

Y precisamente porque el cuerpo posee una dignidad inmensa, también nuestra sexualidad la posee.

2. La sexualidad es un don.

La diferencia sexual no es una desgracia de la que tengamos que liberarnos.

Forma parte del modo concreto en que hemos sido creados.

El hombre y la mujer pueden entregarse mutuamente en el matrimonio mediante una unión que implica también el cuerpo.

Por eso la Iglesia nunca ha enseñado que la continencia sea buena porque la sexualidad sea mala.

Sería exactamente al revés.

Solamente podemos ofrecer a Dios aquello que es bueno.

No ofrecemos basura.

Ofrecemos tesoros.

Cuando alguien renuncia voluntariamente al matrimonio por el Reino de los cielos, no está diciendo:

«El matrimonio no vale la pena».

Está diciendo:

«Es tan grande que renuncio incluso a este bien porque Dios me ha llamado a entregarme de otra manera».

3. La continencia no es incapacidad de amar.

Esta aclaración es todavía más importante.

Un corazón continente no es un corazón frío.

No es una persona incapaz de enamorarse.

No es alguien que ha dejado de sentir.

No es una persona sin afectividad.

El Evangelio nos muestra precisamente lo contrario.

Jesús amaba profundamente.

Amó a Marta, María y Lázaro.

Amó a sus discípulos.

Lloró ante la tumba de su amigo.

Permitió que Juan reclinara la cabeza sobre su pecho.

Miró con amor al joven rico.

Sintió compasión ante las multitudes.

Cristo fue perfectamente continente.

Y nadie ha amado como Él.

Por tanto, la continencia cristiana no consiste en amar menos.

Consiste en aprender otra manera de amar.

4. Un deseo puede ser bueno y, sin embargo, no convertirse en elección.

Aquí entramos en un terreno profundamente humano.

Podemos sentir una atracción sin haberla elegido.

Podemos experimentar afectos.

Podemos descubrir que alguien nos resulta especialmente querido.

Podemos sentir el deseo de una intimidad que nuestra vocación o nuestra situación no nos permite realizar.

Y sentirlo no constituye todavía una infidelidad.

Somos seres humanos.

La vida espiritual no consiste en dejar de sentir.

Consiste en aprender qué hacemos con aquello que sentimos.

La continencia introduce precisamente esta libertad.

No todo afecto tiene que convertirse en posesión.

No toda atracción tiene que convertirse en relación.

No todo deseo tiene que convertirse en acto.

Y esto no destruye nuestra humanidad.

La hace libre.

5. «El que pueda entender, que entienda».

Jesús pronunció unas palabras desconcertantes:

«Hay quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos».

Y añadió:

«El que pueda entender, que entienda».

Cristo sabía que no todos comprenderían esta elección.

Porque contemplada únicamente desde fuera parece una pérdida.

¿Por qué renunciar voluntariamente al matrimonio?

¿Por qué renunciar a formar una familia propia?

¿Por qué renunciar a la expresión sexual del amor?

La respuesta solamente aparece cuando entra en escena el Reino de Dios.

No se renuncia simplemente a algo.

Se elige a Alguien.

6. La continencia por el Reino.

Aquí aparece una de las formas más hermosas de la continencia cristiana.

Hay personas llamadas por Dios a vivir célibes o vírgenes por el Reino.

Sacerdotes.

Religiosos.

Religiosas.

Monjes.

Monjas.

Consagrados.

Personas que, de maneras distintas según su vocación, entregan a Dios también esta dimensión de su existencia.

No porque sean superiores a los casados.

No porque el matrimonio sea una vocación de segunda categoría.

San Pablo recuerda que cada uno recibe de Dios su propio don.

El matrimonio es don.

La virginidad consagrada es don.

El celibato por el Reino es don.

Las vocaciones no necesitan competir entre sí.

Se iluminan mutuamente.

7. Renunciar no significa despreciar.

Pensemos en algo sencillo.

Solamente tiene verdadero valor renunciar a aquello que podríamos amar.

Si alguien dice:

«He renunciado a algo que detesto»,

realmente no ha ofrecido demasiado.

Pero cuando alguien renuncia a algo bueno porque ha descubierto un bien que Dios le pide abrazar de otra manera, entonces aparece el sacrificio.

Y sacrificio significa precisamente convertir algo en ofrenda sagrada.

La continencia por el Reino es hermosa porque aquello a lo que se renuncia también es hermoso.

8. San Pablo: «Cada uno tiene de Dios su propio don».

San Pablo habla con una enorme humanidad.

No convierte su propia vocación en una ley universal.

Dice:

«Cada uno tiene de Dios su propio don: uno de una manera y otro de otra» (cf. 1 Cor 7,7).

Qué importante recordar esto.

No todos están llamados al matrimonio.

No todos están llamados a la virginidad.

No todos están llamados al sacerdocio.

No todos están llamados a la vida religiosa.

Pero todos estamos llamados a descubrir cómo quiere Dios que amemos.

La pregunta cristiana nunca es simplemente:

«¿Qué quiero hacer con mi vida?»

Hay otra más profunda:

«Señor, ¿para qué me has creado? ¿Cómo quieres que ame?»

9. La continencia necesita una razón para vivir.

Una renuncia sin amor termina siendo insoportable.

Si una persona vive la continencia solamente como prohibición, tarde o temprano aparecerá el vacío.

Necesitamos saber para quién vivimos.

San Pablo lo expresa bellamente cuando habla de quien permanece célibe y se ocupa de «las cosas del Señor».

Ahí está el secreto.

No basta con no casarse.

No basta con no mantener relaciones sexuales.

La continencia cristiana por el Reino necesita convertirse en fecundidad.

Tiempo para Dios.

Disponibilidad para los demás.

Paternidad espiritual.

Maternidad espiritual.

Servicio.

Oración.

Entrega.

Si la renuncia no termina transformándose en amor, pierde su sentido evangélico.

10. Jesús, el hombre célibe.

A veces olvidamos algo evidente.

Jesús no se casó.

Y, sin embargo, su vida no fue estéril.

De su entrega nació un pueblo.

De su costado abierto nació la Iglesia.

Cristo muestra que existe una fecundidad que no es biológica.

Una persona puede no tener hijos según la carne y convertirse en padre o madre de muchísimas personas según el espíritu.

Aquí encontramos el sentido profundo de tantas vidas consagradas.

Hombres y mujeres que no formaron una familia propia porque Dios ensanchó misteriosamente su corazón para otra familia.

11. Un corazón indiviso.

San Pablo habla de poder ocuparse de «las cosas del Señor» y de cómo agradarle.

Esa expresión explica mucho.

La continencia por el Reino busca un corazón disponible.

No significa que quien vive célibe no tenga afectos.

Los tiene.

Y necesita tenerlos.

Pero intenta que todos esos afectos encuentren su centro último en Cristo.

El corazón no se vuelve más pequeño.

Dios quiere ensancharlo.

Que pueda acoger a muchos sin apropiarse de ninguno.

Que pueda querer profundamente sin poseer.

Que pueda acompañar sin exigir.

Que pueda entregarse sin convertir a otra persona en sustituto de aquello que libremente ofreció a Dios.

12. También existe la soledad.

No debemos idealizarlo.

La continencia tiene una cruz.

Hay momentos de soledad.

Hay necesidades afectivas.

Hay días en que se siente con mayor fuerza aquello a lo que se ha renunciado.

Hay momentos en los que uno contempla una familia y comprende el bien que no tendrá de esa manera.

Negarlo sería convertir la vida espiritual en una ficción.

Jesús nunca prometió que seguirlo eliminara la cruz.

Prometió algo distinto:

que la cruz no sería estéril.

Hay renuncias que duelen precisamente porque aquello que se ha entregado era valioso.

Y también ese dolor puede convertirse en oración:

«Señor, esto también te lo di».

13. La continencia necesita cuidar los afectos.

No basta con prohibirse cosas.

Una vida célibe necesita amistad.

Necesita comunidad.

Necesita relaciones humanas sanas.

Necesita descanso.

Necesita aprender a expresar afecto correctamente.

Necesita poder hablar de sus luchas.

Necesita dirección espiritual.

Necesita reconocer las propias fragilidades antes de que se conviertan en dobles vidas.

Porque la gracia no destruye nuestra humanidad.

La sana y la eleva.

Quien ha entregado su sexualidad a Dios no ha dejado de ser hombre o mujer.

Sigue necesitando querer y sentirse querido.

El camino consiste en aprender a vivir esos afectos conforme a la propia vocación.

14. Hay afectos que necesitan límites.

Precisamente porque los afectos son buenos, necesitan verdad.

Puede surgir una amistad que empieza a ocupar un lugar desproporcionado.

Una dependencia afectiva.

La necesidad constante de recibir mensajes.

Los celos.

La exclusividad.

El deseo de poseer emocionalmente al otro.

La búsqueda de una intimidad que comienza a parecerse cada vez más a aquello a lo que se había renunciado.

Entonces hay que tener valentía.

No para dejar de querer.

Sino para querer bien.

A veces amar exige poner distancia.

Otras veces exige hablar.

Otras, pedir ayuda.

La continencia no consiste únicamente en evitar determinados actos.

También supone custodiar el corazón.

15. No jugar con el propio límite.

Todos tenemos límites.

Y la humildad consiste también en conocerlos.

Hay situaciones que quizá otra persona puede vivir serenamente y nosotros no.

Hay conversaciones que despiertan algo.

Hay imágenes que alimentan la imaginación.

Hay relaciones que comienzan a desordenarnos.

Hay momentos en los que uno descubre que está buscando secretamente aquello a lo que públicamente ha renunciado.

No es momento de hacerse el fuerte.

Es momento de ser verdadero.

La huida puede ser a veces un acto de enorme sabiduría.

José huyó de la mujer de Putifar.

No negoció.

No quiso comprobar cuánto podía resistir.

Huyó.

Hay ocasiones en las que la santidad también consiste en cerrar una puerta.

16. Cuando hay caída.

Y también puede haber caídas.

La continencia es fruto del Espíritu, pero crece en personas frágiles.

Puede haber pecados.

Puede haber incoherencias.

Puede haber momentos de debilidad.

Entonces aparece una tentación especialmente peligrosa:

«Ya lo has estropeado todo».

No.

El pecado necesita arrepentimiento.

Necesita verdad.

Necesita confesión.

Necesita, en ocasiones, ayuda seria para comprender qué está ocurriendo.

Pero Cristo no abandona al pecador.

Pedro cayó.

Y Cristo volvió a preguntarle:

«¿Me amas?»

La respuesta cristiana a una caída no es acostumbrarse al pecado.

Pero tampoco es desesperar.

Es levantarse y volver a amar.

17. La continencia matrimonial.

La continencia tampoco es una realidad completamente extraña al matrimonio.

Los esposos pueden vivir períodos de abstinencia por motivos justos y de común acuerdo.

San Pablo mismo lo menciona al hablar de dedicarse durante un tiempo a la oración.

También dentro del matrimonio el amor necesita aprender que el otro nunca es un objeto disponible para satisfacer un deseo.

La entrega corporal expresa una comunión personal.

Por eso incluso los esposos necesitan aprender respeto, espera, delicadeza y dominio de sí.

El amor conyugal tampoco consiste en:

«Te deseo, luego tengo derecho sobre ti».

Consiste en:

«Te amo, y por eso quiero tu bien».

18. Continencia y castidad no son exactamente lo mismo.

Conviene dejar esto claro porque mañana llegaremos al último fruto del Espíritu Santo.

La castidad.

Continencia y castidad están profundamente relacionadas, pero no son simplemente dos palabras para decir exactamente lo mismo.

La continencia pone especialmente de manifiesto la capacidad de abstenerse y gobernar el impulso sexual conforme al propio estado de vida y, de modo particular, puede convertirse en una renuncia voluntaria al matrimonio por el Reino.

La castidad irá todavía más al fondo.

Nos hablará de la integración de la sexualidad en toda la persona y en el amor.

No solamente de abstenerse.

Sino de aprender a mirar, querer y entregarse de acuerdo con la verdad de nuestra vocación.

Por eso dejamos la castidad para el final.

Merece ser contemplada por sí misma.

19. María y José.

Podemos terminar mirando a dos personas que vivieron una relación absolutamente singular.

María y José.

Entre ellos hubo verdadero amor.

Verdadera entrega.

Verdadera fidelidad.

Verdadera familia.

Y, al mismo tiempo, una disponibilidad radical para el misterio que Dios había puesto en sus manos.

José no poseyó a María.

La recibió.

María no se perteneció egoístamente a sí misma.

Se entregó a Dios.

Y ambos pusieron en el centro a Jesús.

Quizá esta sea una imagen bellísima de la continencia cristiana.

No poseer para poder recibir.

No apropiarse para poder custodiar.

No convertir al otro en objeto de nuestro deseo, sino recibirlo como alguien que pertenece primero a Dios.

20. «Señor, ensancha mi corazón».

La continencia no se sostiene solamente mediante disciplina.

Necesita gracia.

Necesita oración.

Necesita amistad con Cristo.

Por eso hoy podemos pedir:

Señor Jesús, ensancha mi corazón.

Que nunca confunda continencia con frialdad.

Que nunca desprecie el cuerpo que Tú has creado.

Que nunca considere mala la sexualidad que forma parte de tu obra.

Pero dame libertad.

Que mis deseos no decidan por mí.

Que mis afectos no se conviertan en cadenas.

Que pueda querer sin poseer.

Que pueda renunciar sin amargarme.

Que pueda ofrecer sin estar reclamando continuamente lo ofrecido.

Sostén a quienes han renunciado al matrimonio por tu Reino.

A los sacerdotes.

A los religiosos y religiosas.

A las personas consagradas.

Haz fecunda su entrega.

Y cuando experimenten la soledad de aquello a lo que renunciaron, recuérdales por quién lo hicieron.

Que descubran hijos allí donde pensaron que solamente había renuncia.

Que encuentren familia allí donde dejaron una familia posible.

Que su corazón no se cierre.

Que se ensanche.

Porque la continencia cristiana no consiste en vivir con menos amor.

Consiste, cuando Dios llama a ella, en permitir que el amor encuentre otra forma de fecundidad.

Cristo vivió así.

María vivió así.

José vivió así.

Y tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia han descubierto que aquello que parecía solamente una renuncia podía convertirse, por la gracia, en una misteriosa abundancia.

Porque cuando algo bueno se entrega verdaderamente a Dios, Dios sabe hacerlo fecundo.

@sacerdosmariae

La imagen.

Para acompañar este artículo contemplamos Los desposorios de la Virgen, de Rafael.

Puede parecer paradójico escoger una escena matrimonial para hablar de la continencia.

Precisamente por eso resulta tan hermosa.

La continencia cristiana no nace del desprecio del matrimonio.

No nace del rechazo del amor entre un hombre y una mujer.

No nace de considerar impuro el cuerpo.

María y José aparecen ante nosotros unidos por una verdadera vocación recibida de Dios. Su relación no está construida sobre la posesión, sino sobre la acogida de un misterio que los supera.

En el centro de su vida estará Cristo.

Y esa es también la clave de toda continencia verdaderamente cristiana.

Cristo en el centro.

La mano que recibe al otro sin apropiárselo.

El amor que sabe custodiar.

La entrega que no necesita poseer para ser fecunda.

José recibió a María como un don.

María recibió a José como custodio y esposo.

Y ambos recibieron una misión que transformaría su existencia entera.

La escena puede ayudarnos a comprender que la continencia no es ausencia de amor.

Puede ser precisamente una forma radical de aprender que ninguna persona nos pertenece.

Todos pertenecemos primero a Dios.

Y solamente desde Él podemos aprender a querernos verdaderamente.

Pie de foto: Rafael Sanzio, Los desposorios de la Virgen, 1504, Pinacoteca de Brera, Milán. María y José muestran un amor que no se fundamenta en la posesión, sino en la acogida de la voluntad de Dios. La continencia cristiana no desprecia el amor humano: lo entrega, lo custodia y lo abre a una fecundidad que tiene su centro en Cristo.

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