Las virtudes cristianas (XXIX): La modestia, vivir sin necesidad de exhibirse.
Las virtudes cristianas (XXIX): La modestia, vivir sin necesidad de exhibirse.
Hay virtudes que llaman inmediatamente la atención. Otras trabajan en silencio. La modestia pertenece a estas últimas.
Quizá por eso resulta especialmente necesaria en nuestro tiempo. Vivimos rodeados de escaparates. Mostramos dónde estamos, qué hacemos, qué comemos, qué pensamos, qué hemos conseguido. Incluso aquello que pertenece a nuestra vida interior puede terminar convertido en material de exposición.
El cristiano, sin embargo, aprende otra manera de vivir. No necesita desaparecer. Tampoco necesita convertirse permanentemente en protagonista.
La modestia nos enseña a ocupar nuestro lugar delante de Dios y delante de los demás.
1. Un fruto del Espíritu Santo.
La tradición de la Iglesia incluye la modestia entre los doce frutos del Espíritu Santo.
El Catecismo los enumera así:
«Caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad» (CEC 1832).
No estamos, por tanto, ante una simple norma de buena educación.
La modestia es fruto de una vida interior transformada por la gracia. Cuando el Espíritu Santo va tomando posesión del corazón, el hombre deja poco a poco de necesitar continuamente la mirada y la aprobación de los demás.
Puede comenzar a vivir ante Dios.
2. No necesitar ser el centro.
Una de las grandes tentaciones humanas es la necesidad de ser vistos.
Cristo lo sabe. Por eso advierte:
«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos» (Mt 6,1).
Podemos hacer algo verdaderamente bueno y, al mismo tiempo, buscar secretamente que los demás lo descubran.
Podemos rezar buscando a Dios y terminar buscando admiradores.
Podemos ayudar a alguien y esperar reconocimiento.
Podemos defender la verdad y utilizar incluso esa defensa para demostrar nuestra superioridad.
La modestia pregunta silenciosamente: ¿para quién estoy haciendo esto?
3. La modestia no consiste en esconderse.
Conviene aclararlo.
Una persona modesta no tiene por qué ser tímida. Tampoco tiene que hablar bajo, vestir tristemente o negarse a asumir responsabilidades.
Hay personas llamadas a ocupar puestos visibles. Hay quienes deben hablar públicamente, enseñar, gobernar, predicar o dirigir.
La cuestión no está en ser visto.
La cuestión está en necesitar ser visto.
Cristo predicaba ante multitudes. Los Apóstoles anunciaron públicamente el Evangelio. Los santos han fundado hospitales, escuelas, congregaciones y grandes obras apostólicas.
Pero el verdadero discípulo sabe que la obra pertenece a Dios.
4. «Él tiene que crecer y yo tengo que menguar».
San Juan Bautista ofrece una de las expresiones más hermosas de esta virtud:
«Él tiene que crecer y yo tengo que menguar» (Jn 3,30).
Juan había reunido discípulos. La gente acudía a escucharlo. Su palabra tenía autoridad.
Y, cuando aparece Cristo, sabe retirarse.
No siente que Jesús le está quitando protagonismo.
Comprende que toda su misión consistía precisamente en conducir hacia Él.
Esta es una de las señales más claras de la madurez espiritual: alegrarse cuando Cristo crece, aunque nosotros dejemos de ocupar el centro.
5. La modestia de la Virgen María.
María es quizá la imagen más perfecta de esta virtud.
En la Anunciación ocurre algo inmenso. Dios entra en la historia de una manera completamente nueva. El Verbo se hace carne.
Y todo sucede en el silencio de una casa de Nazaret.
No hay espectadores.
No hay aplausos.
No hay ceremonia.
Una joven escucha la palabra de Dios y responde:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).
María no necesita ocupar el centro porque su vida está completamente orientada hacia Dios.
Y precisamente por eso Dios realiza en ella maravillas.
6. Guardar algo solamente para Dios.
Nuestra época parece haber perdido cierta capacidad para guardar.
Todo debe contarse.
Todo debe fotografiarse.
Todo debe compartirse.
Todo debe comentarse.
Pero una vida espiritual sana necesita lugares que pertenezcan únicamente a Dios.
Una oración que nadie conoce.
Un sacrificio que nadie ve.
Una ayuda realizada sin publicidad.
Una renuncia que solamente el Señor sabe cuánto ha costado.
Jesús lo expresa de forma bellísima:
«Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3).
Hay obras que se vuelven especialmente hermosas cuando permanecen escondidas entre Dios y nosotros.
7. También existe modestia en las palabras.
La modestia no se refiere solamente al cuerpo o al vestido.
También podemos exhibirnos hablando.
Hay personas que necesitan contar continuamente lo que saben, lo que han hecho, a quién conocen o dónde han estado.
Existe incluso una curiosa manera de presumir disfrazada de humildad.
El alma modesta aprende a no hablar siempre de sí misma.
Sabe escuchar.
Sabe preguntar.
Sabe dejar espacio.
No necesita superar cada historia que otro cuenta con una historia todavía mejor.
A veces una de las formas más sencillas de caridad consiste precisamente en permitir que el otro tenga su momento.
8. La modestia del cuerpo.
El Catecismo relaciona también la modestia con el pudor. El pudor protege la intimidad de la persona y recuerda que nuestro cuerpo posee una dignidad que no debe convertirse en simple objeto de exhibición (cf. CEC 2521-2524).
El cristianismo nunca ha despreciado el cuerpo.
Todo lo contrario.
Creemos que el cuerpo ha sido creado por Dios, que el Verbo asumió verdaderamente nuestra carne y que esperamos la resurrección de los cuerpos.
Precisamente porque el cuerpo posee una enorme dignidad, no todo debe exponerse.
El pudor no nace del desprecio al cuerpo.
Nace de su valor.
9. Vestir con dignidad.
La modestia también orienta nuestra manera de vestir.
No existe una fórmula matemática capaz de determinar cada detalle. Intervienen las circunstancias, las costumbres legítimas, el lugar, la edad y la finalidad.
Pero sí existe un criterio cristiano.
Nuestra forma de vestir debería expresar la dignidad de la persona, sin convertir el cuerpo deliberadamente en instrumento para provocar la mirada ajena.
La elegancia y la modestia no son enemigas.
Se puede vestir muy bien y ser perfectamente modesto.
De hecho, la auténtica elegancia suele conocer algo que nuestra época olvida con frecuencia: no hace falta mostrarlo todo.
10. La modestia en las redes sociales.
Quizá aquí encontramos uno de los grandes campos de batalla contemporáneos.
Las redes sociales pueden utilizarse para evangelizar, informar, enseñar, mantener amistades y realizar muchísimo bien.
Pero también despiertan fácilmente una pregunta peligrosa:
¿Cuántos me han visto?
Entonces aparecen los números.
Seguidores.
Visualizaciones.
«Me gusta».
Compartidos.
Y podemos comenzar imperceptiblemente a medir nuestro propio valor según la reacción de los demás.
El problema no está en utilizar estos medios.
El problema comienza cuando nuestra paz depende de ellos.
El cristiano debe conservar una libertad interior suficiente para poder decir: si esto sirve a Dios, adelante; si mañana nadie me aplaude, seguiré sirviéndole igualmente.
11. Hacer el bien sin pasar factura.
También existe una modestia de las buenas obras.
A veces hacemos algo por otra persona y después, quizá sin darnos cuenta, conservamos una especie de contabilidad interior:
«Después de todo lo que hice por él…».
Cuando la caridad pasa continuamente factura, pierde algo de su belleza.
El amor cristiano aprende de Cristo.
Él sirve.
Él se entrega.
Él lava los pies de sus discípulos.
Y después dice:
«Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,15).
Quien ama verdaderamente no necesita levantar un monumento a cada uno de sus sacrificios.
12. La modestia acepta no recibir reconocimiento.
Aquí comienza quizá la parte más difícil.
Todos agradecemos que nos reconozcan lo bueno que hacemos. Es natural.
Pero llegará alguna ocasión en la que trabajaremos y nadie lo agradecerá.
Haremos algo bueno y otro recibirá el mérito.
Nos sacrificaremos y quizá nadie llegará a saberlo.
Entonces podremos descubrir cuánto había de amor verdadero y cuánto había de necesidad de reconocimiento.
La modestia permite decir:
Lo sabe Dios. Basta.
No siempre será fácil.
Pero hay una enorme libertad en esas palabras.
13. Cristo eligió la vida escondida.
Resulta impresionante pensar que el Hijo de Dios pasó la mayor parte de su vida terrena en Nazaret.
Treinta años.
Y apenas sabemos nada de ellos.
El Evangelio resume todo aquel periodo con unas pocas palabras.
Jesús trabajó. Vivió en familia. Rezó. Creció. Obedeció.
El mundo no sabía que el Salvador estaba allí.
Nosotros probablemente habríamos considerado aquellos años poco «productivos».
Dios no.
Nazaret nos enseña que una vida escondida puede tener un valor inmenso ante Dios.
No necesitamos que cada instante sea extraordinario.
Necesitamos que cada instante sea fiel.
14. Aprender la libertad de los hijos de Dios.
La modestia acaba produciendo una enorme libertad.
Ya no tengo que impresionar.
No tengo que demostrar continuamente quién soy.
No tengo que justificar constantemente mi valor.
No necesito ganar todas las conversaciones.
No necesito que conozcan cada una de mis buenas acciones.
Puedo trabajar.
Puedo amar.
Puedo rezar.
Puedo servir.
Y puedo dejar que Dios sea Dios.
Quizá por eso la modestia es una virtud tan hermosa. Nos devuelve a nuestro verdadero lugar.
No somos el centro de la historia.
Cristo lo es.
Y cuando uno descubre esto, lejos de sentirse disminuido, comienza finalmente a descansar.
Pidamos hoy al Espíritu Santo esta gracia. Que podamos hacer mucho bien sin necesidad de exhibirlo. Que sepamos hablar cuando debemos hablar y callar cuando debemos callar. Que cuidemos nuestra intimidad y respetemos la de los demás. Que nuestra presencia conduzca hacia Cristo y no termine siempre señalándonos a nosotros mismos.
Y que podamos repetir con san Juan Bautista, sin tristeza y con una profunda alegría:
«Él tiene que crecer y yo tengo que menguar».
@sacerdosmariae
La imagen.
Fra Angelico, La Anunciación.
He escogido La Anunciación de Fra Angelico porque María representa de manera extraordinaria la modestia cristiana. El acontecimiento que cambia la historia sucede sin ruido, lejos de cualquier escenario humano. María escucha, acoge y responde. No busca protagonismo. Precisamente porque se pone completamente a disposición de Dios, el Señor puede realizar en ella su obra.
En la pintura, la actitud recogida de la Virgen expresa esa disponibilidad interior. María no desaparece, pero tampoco se coloca en el centro. Todo en ella remite al misterio que recibe.
La obra se conserva en el convento de San Marco de Florencia y está disponible como imagen de dominio público en Wikimedia Commons.
Comentarios
Publicar un comentario