San Juan María Vianney: cuando un sacerdote se toma en serio su sacerdocio.


San Juan María Vianney: cuando un sacerdote se toma en serio su sacerdocio

Cada 4 de agosto la Iglesia celebra a san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars y patrono de los párrocos. Su figura podría parecernos lejana. Un sacerdote de una pequeña aldea francesa, en pleno siglo XIX, dedicado a celebrar la Misa, enseñar el catecismo y confesar durante interminables jornadas.

Nada espectacular según los criterios actuales. No escribió grandes tratados. No presidió instituciones importantes. No fue un brillante orador ni un notable organizador. Tampoco destacó por sus cualidades intelectuales. Le costó mucho llegar al sacerdocio y tuvo que vencer dificultades que habrían desanimado a otros.

Sin embargo, Ars terminó convirtiéndose en un lugar al que acudían miles de personas. No porque el santo cura ofreciera novedades, sino porque allí encontraron a un sacerdote que se tomaba en serio a Dios, el pecado, la gracia y la salvación de las almas.

Un párroco en un lugar pequeño

Cuando Juan María Vianney llegó a Ars, encontró una población religiosamente debilitada. La práctica cristiana había disminuido. Había indiferencia, diversiones poco edificantes y una fe cada vez más superficial.

El nuevo párroco no comenzó organizando grandes proyectos. Comenzó rezando.

Pasaba largas horas ante el sagrario. Celebraba la Eucaristía con profunda devoción. Predicaba con claridad. Visitaba a sus feligreses. Enseñaba el catecismo. Buscaba a quienes se habían alejado. Y ofrecía por ellos sus ayunos, penitencias y sufrimientos.

Antes de hablarles mucho de Dios, habló mucho con Dios de ellos.

Esta es quizá una de las primeras enseñanzas que el Cura de Ars ofrece a los sacerdotes de hoy. La renovación de una parroquia no comienza necesariamente con un nuevo programa pastoral, una comisión o una estrategia de comunicación. Todo eso puede ser útil. Pero nada sustituye a un sacerdote de rodillas ante el Señor, pronunciando uno a uno los nombres de las personas que le han sido confiadas.

Una parroquia puede sobrevivir durante algún tiempo gracias a la organización. Pero solo puede dar fruto verdadero si nace de la oración.

El sacerdote no se pertenece

San Juan María Vianney comprendió que el sacerdote no recibe el ministerio para construirse una vida cómoda. Es tomado de entre los hombres y puesto al servicio de los hombres en las cosas que se refieren a Dios.

Su tiempo ya no era completamente suyo. Su descanso tampoco. Su inteligencia, sus fuerzas, sus sufrimientos y hasta sus limitaciones quedaron puestos al servicio de la salvación de las almas.

Esto no significa justificar el activismo, el agotamiento permanente o la falta de cuidado personal. El sacerdote también necesita descansar, conservar su salud y vivir una adecuada fraternidad. Pero nunca debe olvidar que su vida ha sido entregada.

El sacerdocio no es una profesión con horario. Es una configuración sacramental con Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia.

Por eso el Cura de Ars no puede entenderse desde la lógica de la eficacia. Su fecundidad no nació de hacer muchas cosas, sino de pertenecer enteramente a Cristo. Y precisamente porque pertenecía a Cristo pudo entregarse a quienes acudían a él.

El mundo necesita sacerdotes preparados, equilibrados y capaces de afrontar los desafíos actuales. Pero, sobre todo, necesita sacerdotes que sepan de quién son.

El confesionario como lugar de misericordia

Uno de los rasgos más conocidos de su ministerio fue su entrega al sacramento de la Penitencia. Pasaba muchas horas en el confesionario, escuchando miserias humanas, despertando conciencias, consolando a los arrepentidos y llamando a la conversión.

El Cura de Ars sabía que el pecado no es una simple imperfección psicológica. Es una herida en la relación con Dios, con los demás y con uno mismo. Pero sabía también que la misericordia de Dios es mayor que cualquier pecado cuando el hombre se acerca a Él con arrepentimiento.

No trivializaba el pecado. Tampoco aplastaba al pecador.

Esta combinación resulta especialmente necesaria. A veces se presenta la misericordia como si consistiera en decir que nada tiene importancia. Otras veces se defiende la verdad sin la ternura necesaria para acompañar al que intenta levantarse.

San Juan María Vianney enseñó con su vida que el sacerdote debe amar demasiado a las personas como para engañarlas y amar demasiado la misericordia de Dios como para desesperar de ellas.

El confesionario sigue siendo uno de los lugares más fecundos del ministerio sacerdotal. Allí no se ofrecen teorías. Allí un hombre entra cargando con su culpa y puede salir reconciliado con Dios.

Quizá una de las grandes renovaciones pastorales que necesita la Iglesia sea bastante sencilla: iglesias abiertas, sacerdotes disponibles y confesionarios habitados.

La Eucaristía en el centro

Toda la vida del Cura de Ars encontraba su centro en la Eucaristía. Su manera de celebrar mostraba que ante el altar estaba sucediendo algo infinitamente mayor que él.

No era protagonista. Era ministro.

En tiempos en los que también la liturgia puede quedar sometida a preferencias personales, improvisaciones o enfrentamientos ideológicos, san Juan María Vianney nos recuerda que la Misa pertenece a Cristo y a la Iglesia.

El sacerdote no celebra para exhibir su personalidad ni para satisfacer a un grupo concreto. Celebra para hacer sacramentalmente presente el sacrificio redentor de Cristo y alimentar al Pueblo de Dios.

Una comunidad termina pareciéndose a la manera en que celebra. Cuando la Eucaristía se celebra con fe, fidelidad, dignidad y recogimiento, el pueblo aprende que Dios ocupa el centro. Cuando se convierte en un espectáculo, la comunidad corre el riesgo de olvidar a quién ha venido a adorar.

La devoción eucarística del Cura de Ars no era una nostalgia estética. Era la expresión visible de una certeza: Cristo está realmente presente.

La santidad sacerdotal no es opcional

La vida de san Juan María Vianney plantea una pregunta incómoda a todo sacerdote: ¿deseo realmente ser santo?

Podemos preocuparnos por la administración, los horarios, las obras, las reuniones y las múltiples tareas pastorales. Todo ello forma parte de la vida ordinaria. Pero existe el riesgo de terminar gestionando las cosas de Dios sin vivir profundamente en Dios.

La santidad sacerdotal no consiste en realizar cosas extraordinarias. Consiste en permitir que Cristo vaya ocupando cada vez más espacio en la propia vida.

Es fidelidad en la oración cuando no apetece. Es caridad con las personas difíciles. Es paciencia ante la incomprensión. Es obediencia eclesial. Es pureza de corazón. Es disponibilidad para escuchar. Es celebrar cada Misa como si fuera la primera y también como si pudiera ser la última.

San Juan María Vianney no fue santo porque no tuviera debilidades. Fue santo porque permitió que la gracia de Dios actuara a través de ellas.

Un santo para los sacerdotes de hoy

La sociedad del Cura de Ars no era la nuestra. Pero algunos problemas se parecen bastante: indiferencia religiosa, abandono de la práctica cristiana, desconocimiento de la fe y vidas organizadas como si Dios no existiera.

La respuesta tampoco ha cambiado demasiado.

La Iglesia necesita sacerdotes que recen. Sacerdotes que celebren con fe. Sacerdotes disponibles para confesar. Sacerdotes que prediquen la verdad completa sin dureza y la misericordia sin rebajas. Sacerdotes cercanos, pero no mundanos. Humanos, pero conscientes de que han sido consagrados. Capaces de escuchar al mundo, pero sin arrodillarse ante sus modas.

El futuro de la Iglesia no dependerá principalmente de nuestra capacidad para resultar atractivos. Dependerá de nuestra fidelidad a Cristo.

San Juan María Vianney llegó a un pequeño pueblo que parecía espiritualmente adormecido. No tenía grandes medios. Tenía un sagrario, un altar, un confesionario y un corazón sacerdotal dispuesto a dejarse consumir.

Y fue suficiente para que un pequeño punto del mapa se convirtiera en un faro para toda la Iglesia.

En su fiesta, pidamos por nuestros párrocos. No solo para que tengan salud, fuerzas o éxito pastoral. Pidamos, sobre todo, para que sean santos.

Porque cuando un sacerdote se toma en serio su sacerdocio, Dios puede transformar por medio de él una parroquia, un pueblo y muchas vidas.

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