Muchos difuntos: maduración forzosa de nuestra sociedad.

Si miramos a nuestro alrededor nos daremos cuenta de algo obvio: las situaciones difíciles, imposibles, son las que más pronto nos hacen madurar. Por ejemplo, un embarazo adolescente. Se suele ver como un trauma, una desgracia, pero las mujeres que, con valentía inusitada, deciden hacer oídos sordos a quienes aconsejan el camino fácil (siempre es el peor y más traumático) y seguir adelante con la obra de Dios en ellas, vemos un profundo cambio. De carácter, de coraje, de ánimo, de fortaleza. Simplemente ha tenido una maduración forzosa, y ha madurado de un día para otro. 
Como cuando cultivan la fruta todavía verde del árbol y la ponen directamente en cámara, para que madure. A los pocos días, ya está madurada. Así ocurre también cuando, por ejemplo, pasa un acontecimiento traumático en nuestras vidas. Primero nos hunde, luego nos hace madurar: ver las cosas de otra manera. 
La crisis del coronavirus ha hecho exactamente eso en nuestra sociedad, en cada uno de nosotros. Ha cambiado radicalmente la escala de valores que tenía nuestra sociedad. Un virus está aniquilando a nuestros mayores: que son la experiencia de nuestra sociedad. Está matando a nuestros familiares, sin que podamos siquiera hacerles un velatorio, como se merecen. Sin que podamos llorarles, sin que podamos consolarnos dándonos abrazos. Sin que podamos desahogarnos. 
Todo esto se está acumulando en nosotros. Y vemos con perplejidad que los políticos, a quienes les interesaba tenernos neurotizados buscándonos problemas ficticios (resucitando fantasmas del pasado, creando problemas raciales y de sexos que no existían, etc) no saben cómo reaccionar ante problemas reales que nos están ocurriendo y que ni siquiera saben cómo frenar. 
"Al pueblo pan y circo" decían los romanos y hacían nuestros políticos. Pues resulta ahora que el pan te lo tienes que dosificar y salir a comprar una vez por semana. Y del circo, olvídate. El "dios" fútbol está dormido, el de las apuestas también, el de las drogas y el sexo, el de la lotería, el del alcohol "para olvidar" en los bares, el de los gimnasios para el hedonismo, el del sábado noche para perder tu alma por una noche, el de los "selfies" para evadirte pensando únicamente en ti y olvidándote de los demás y de todo lo que te rodea. Todo esto está aletargado, descansando, dormido, fuera de juego. 
Y esta situación te hace ver la realidad de lo que, quizá, habías olvidado: tu familia es tu principal sostén. Ni el líder de tu partido político, ni el salir el sábado, ni la lotería ni todo lo demás: simplemente es tu familia. Esa que tal vez querías olvidar porque ya no estaba de moda. Ella es tu casa, tu sostén. 
Esas familias destrozadas o en proceso que, ahora de repente, forzadas por la situación, quizá se replanteen todo de nuevo. Bendito sea Dios. También la imagen que tenías de la Iglesia: la que más esfuerzos está haciendo para no perder el contacto contigo (misas vía streaming, comentarios, etc). Los capellanes de hospital, en hospitales cada vez más parecidos a los de guerra, al pie del cañón (sic). El Papa y los obispos haciendo esfuerzos por hacerse presente también en vuestras casas y animaros en esta incomprensible situación. 
La política de crispación, Deo volente, ya se habrá quedado obsoleta cuando acabe todo esto. Habrá cambiado radicalmente nuestra escala de valores. Todas esas seguridades que creíamos tener, han desaparecido, se han esfumado. Únicamente estamos seguros en nuestras casas, sin mantener contacto con nadie y alejándonos de los demás. De repente se acabaron los besos y abrazos. Es una guerra invisible. 
Estoy convencido de que, cuando este virus haya pasado y podamos salir de nuestras casas, ya no seremos lo mismo. Todas nuestras prioridades, a la fuerza, habrán cambiado radicalmente. Y será para bien. Se volverá a comprobar que Dios de los males saca bienes. ¿Habrá madurado finalmente nuestra sociedad? ¿Confiaremos más en Dios y menos en todo aquello en lo que confiábamos y que se ha demostrado ineficaz? Sólo Dios dirá. A él nos encomendamos y le encomendamos a todos nuestros difuntos y familiares que están infectados. Sólo Él nos hará entender el por qué de todo esto. Sólo en Él encontrará descanso nuestra alma. 
Santa María, acompáñanos en este Calvario, como acompañaste a tu Hijo por el suyo. Llévanos de tu mano y nunca nos abandones. 

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